CHILE DISTÓPICO Poéticas del cómic chileno de los ochenta. Parte I

 

FERNANDO RIVEROS

Hacia la segunda mitad de los 80s, la juventud chilena vive un tibio clima de apertura cultural fruto de dos acontecimientos: En primer lugar, la paulatina puesta al día de los medios de comunicación de masas con las tendencias en boga de la industria cultural estadounidense, europea y japonesa, facilitan una mayor sintonía de los jóvenes chilenos con las estéticas de circulación global vehiculizadas principalmente por la industria cinematográfica, la industria editorial de historietas española y argentina y la música pop, en especial, la estética del video clip. A lo que habría que agregar en segundo lugar, los nuevos aires de apertura política que vive el país hacia mediados de la década, específicamente la valiosa integración de las estéticas Punk y New Wave que los hijos de los retornados del exilio traen consigo, familiarizando a los  jóvenes chilenos con la sensibilidad post en su versión europea.

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Vásquez-Cohen: Norte claro Sur oscuro

Con todo, y pese a las carencias estructurales que presenta el país en su desarrollo cultural dado, entre otros factores, por el debilitamiento de la industria editorial local, la fuerte presencia de valores conservadores de signo integrista en la educación pública, el aislamiento de los circuitos culturales, sumado a la experiencia de la censura y la represión, se vivencia una revitalizadora transición desde una condición de anonimato que mantuvo a las nuevas generaciones sumergidas en la atmósfera gris de una ciudad en permanente estado de sitio y desconectada del resto del continente, a otra de una incipiente apertura cultural que, en el segmento joven, se caracterizó por una frenética búsqueda de nuevos lenguajes en los cuales dar cabida a los sentimientos de descontento generacional, no sólo con la dictadura de Pinochet, sino también con las estéticas oficiales en las cuáles no se reconocen[1].

Situados en medio de los años epigonales del régimen autoritario y de una extrañante atmósfera finisecular, la generación de jóvenes nacidos hacia fines de la década de los 60s. y principios de los 70s., no tardará en hacer demostración de una gran energía expresiva y creativa, dando cuenta de un inédito despliegue de recursos y formatos comunicacionales y artísticos inspirados en la consigna global de origen anarco punk: “hazlo tú mismo”[2].

Nacen así en la ciudad de Santiago, entre 1983 y 1984 los espacios de gestión cultural alternativos El Trolley, Caja Negra y el Garage Internacional Matucana, destacando por su sorprendente capacidad de convocatoria de las más diversas expresiones culturales desconocidas a nivel masivo hasta ese entonces. Pintura, gráfica, danza, vídeo arte, cine arte, teatro experimental, performance, bienales punk y el carrete interminable en la noche de los apagones se dan cita en esta especie danza bárbara que, a poco andar, se convertirá en el epicentro de la movida contracultural en cuyo ambiente, desenfadado y rupturista, verán la luz un número no despreciable de proyectos editoriales al estilo del fanzine alternativo. Enola Gay, Beso Negro, Abusos deshonestos, Matucana, + turbio, Ariete, Tiro y Retiro, Sudacas, De Nada Sirve, La Joda, Gnomon, Rosi Guagua, La Peste, El comicsario[3], son las publicaciones más recordadas por su estilo desbordante, provocativo e iconoclasta que, influenciadas por el underground y la contracultura europea y norteamericana, harán las veces de escaparates del escándalo en un conservador ambiente cultural, haciendo gala de una actitud desprejuiciada para hablar por primera vez en el país de rock, feminismo, marihuana, poesía, minorías sexuales, erotismo, ecologismo, drogas psicoactivas y el renacimiento del cómic nacional[4].

Desde la perspectiva de la historia reciente del cómic nacional, el punto que nos interesa destacar en este período, caracterizado por la búsqueda y la experimentación tanto editorial como artística, es el relacionado con el “tráfico de estéticas” que se puede observar en el cómic de la época, directamente influenciado tanto por las temáticas como por el repertorio visual global que, por aquel entonces, era abundante en escenarios distópicos, confabulaciones ciberpunks y la presencia de densas atmósferas new wave de nostalgia retro. En este sentido, la crítica ha sido clara en apuntar a cierta sensibilidad post presente en una generación que, no reconociéndose en la tradición, se vio en la imperiosa necesidad de reformular sus códigos estéticos a partir de cero, adoptando íconos y estilos de la cultura de masas global como su única marca diferencial y a la vez inquietante, generando un efecto de desplazamiento de la “verdadera” historia por una historia de los estilos estéticos. Característica central, al decir de Fredcric Jameson, de la llamada condición postmoderna.[5]

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Enola Gay, 1989

 

Los proyectos gráficos más elaborados de la época (Bandido, Matucana, Ácido y Trauko), dan cuenta en sus páginas, cada una en un estilo exploratorio y diverso, de la influencia inmediata de la estética global de la década en sus formas más provocativas asociadas a la globalización de las fantasías colectivas de origen postindustrial, encarnadas en la ciencia ficción postapocalíptica, en especial la ideología ciberpunk y la estética del New Wave[6].

Muestra de ello está recogido en las propuestas gráficas de los jóvenes dibujantes del periodo tales como Juan Faúndez, Lautaro Parra y Juan Vásquez, todos activos animadores de las revistas antes mencionadas y cuyo denominador común está dado por una especie de vagancia imaginaria exploratoria, transitando desde problemáticas locales asociadas a la contingencia histórica inmediata y, lo que fue su rasgo más notorio,  la simple adaptación y copia de la moda CF comiquera proveniente de Europa y Estados Unidos, cuya traducción nos llega principalmente por medio de las publicaciones españolas Zona 84, Cairo, Tótem y Cimoc, principalmente. Las francesas Metal Hurlant y Pilote. La estadounidense Heavy Metal y la recordada revista argentina Fierro.

Notas

[1]  Liz Munsell: (Sub) culturas visuales e intervención urbana, Santiago de Chile 1983 – 1989. Tesis para optar al grado de Magister en Estudios Latinoamericanos. 2009.  Stgo.

[2] Simon Reynolds: Post PunK, romper todo y empezar de nuevo. Ed. Caja Negra. 2011. Bs. Aires.

[3] Udo Jacobsen: Breve Historia del cómic. Cuadernos Hispanoamericanos. 482-83. 1990. Madrid.

[4] Carolina Sánchez y Raúl Rodríguez: Medios alternativos en Chile, revistas contraculturales en la década de los 80s.

[5] Fredric Jameson: Teoría de la posmodernidad. Ed. Trotta. 1996. Madrid.

[6] Para una mirada testimonial y documentada en torno a la movida New Wave, véase de Miguel Conejeros: Los Pinochet Boys. Chile (1984 – 1987).  Midia Comunicación. 2008. Stgo. Óscar Contardo/Macarena García: La era ochentera. tevé, pop y under en el Chile de los ochenta. Ed. B. 2005. Stgo.

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